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Por nuestros viejos

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ADVERTENCIA: Esto es una columna de opinión, no un concurso de simpatías. Si usted entiende que no tiene la capacidad para leer con la mente abierta la opinión de otras personas sin ofenderse y entrar en cólera con el que escribe; hágase un favor y no continúe leyendo. Su salud mental es más importante para mí. Si por el contrario cree que puede leer otra opinión sin desencajarse y de manera respetuosa, compartir la opinión o incluso de la misma manera respetuosa diferir, siga leyendo. Me encanta crear reacción de manera respetuosa. De las diferencias se alimenta la democracia y del respeto se alimentan los modales.

Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes.” – William Shakespeare

9 de septiembre de 2016

Tengo que admitir que con esta columna volveré a salirme de mis temas usuales de política, fiscalización y denuncia del gobierno y tocaré un tema que muchos dejamos de lado, porque quizás no lo creamos importante: las leyes que protegen a nuestros envejecientes. Quizás ahora nos sonría la juventud, pero todos vamos camino a la vejez, y deberíamos prestar más atención a estos temas.

Debo admitir que cuando me propuse escribir sobre este tema, desconocía mucho sobre legislación que atañe a las personas de la tercera edad. Haciendo un pequeño “research” al respecto, me enteré que existen cerca de 202 leyes locales que impactan a las personas de la tercera edad. Y si a eso añadimos las leyes federales que aplican también aquí en Puerto Rico, podemos decir que nuestros ancianos están bien protegidos. Lamentablemente no es la situación. Como sabemos en Puerto Rico se legisla mucho, pero casi todo termina en los cajones de las letras muertas. Aquí en Puerto Rico nuestras luminarias en la legislatura son bien creativos legislando, pero en la rama ejecutiva, son bien dados a hacer caso omiso a las mismas y esas leyes firmadas valen ante el propio gobierno, como los dinares de Irak.

Tengo por costumbre establecer muy buenas conversaciones con mi padre, que próximamente cumplirá… ¡Ja, ja, ja! No lo voy a tirar al medio. Lo cierto es que gracias a Dios cuento con un padre con el cual puedo entablar inteligentes conversaciones. La mayoría de las veces los temas involucran política, y como ya les he dicho en columnas anteriores, el no comparte mi pensar a nivel partidista, mucho menos a nivel de estatus. Lo cierto es que muchas veces discrepamos diametralmente en nuestra manera de ver las cosas. Él tiene una experiencia de vida que le ha marcado su carácter e ideas, yo una juventud que me permite ser lo suficientemente ingenuo como para ver las cosas desde una perspectiva diferente, aunque quizás no de una forma tan positiva, pero en fin, que nuestras cortas conversaciones (mayormente telefónicas) son muy agradables.

Recuerdo como para principios del siglo 21, se estaba hablando sobre crear una ley que exigiera a los hijos, hacerse cargo de sus padres, una vez llegasen a viejos. Recuerdo varias conversaciones en las cuales mi padre me indicaba que esa ley era necesaria para salvaguardar el que no se abandonasen a las personas de tercera edad. Yo por otro lado, discrepaba, pues en mi no podía visualizar como una ley pudiese obligar a un hijo que fue abandonado o abusado por un padre o madre, que esa misma ley lo obligase a hacer lo que su progenitor no fue capaz de ofrecerle en la niñez. Debo admitir que esas conversaciones fueron álgidas, pero siempre respetuosas. Aún pienso, luego de muchos años después que esa ley debería incluir artículos en los cuales se excluya los casos en los que esos padres ahora envejecientes, fueran malos padres o abusadores. No tiene ninguna lógica una ley que vuelva a victimizar a los hijos, ahora exigiéndole el sustento de esos mal llamados padres.

Ahora bien, hay una ley que me interesa reseñar que es la Ley 58 del 2009, para proteger a las personas de la tercera edad de explotación financiera. Pues bien, en términos generales (pues no soy abogado), establece que es delito aprovecharse económicamente de las personas de la tercera edad por quienes están a cargo de estos o sus familiares. Muy lamentablemente, sucede que hijos o hijas recurren a aprovecharse de sus padres ya ancianos, porque saben que estos no le dirán nunca que no a nada que les pidan. A veces incluso ni lo piden, sino que llegan a la casa de sus padres y toman lo que necesitan, como si derecho tuviesen, dejando desprovistos a sus padres de alimentos, dinero e incluso carros o alguna otra cosa que les lleven. Es triste ver que llegados a una edad en la que han pasado “la salsa y el güayacán” y habiéndose sacrificado por esa hija o hijo, derramando lagrimas y gastando lo que tienen y no tienen para que nunca les falte nada; ahora vengan estos bambalanes o bambalanas, y se aprovechen de sus progenitores como si tuviesen un derecho supremo. A veces estos ancianos vivieron vidas opulentas, pero llegado a su vejez, sin planificación financiera para esta etapa, viven de lo poco que les llega de un cheque del Seguro Social, y tras de esto, estos vividores y vividoras, sin ninguna pena, le quitan lo poco que tienen, dejándolos en la más extrema pobreza, en la desesperación, en la depresión. No es justo que habiendo vivido para sus hijos, ahora sean esos mismos, quienes le arrebaten lo poco que les queda, por un acto mezquino. Tristemente esta ley 58 que pretende hacernos creer que protege a los ancianos, es otra letra muerta, y mientras el gobierno dice que atiende las necesidades de los ancianos, estos mal nacidos abusan de sus padres, abuelos, de los ancianos, para ellos darse una buena vida que no se merecen. Que lastima que nuestra cultura invisibilice y abuse de nuestros ancianos, mientras otras culturas los veneran.

Línea Directa del Programa de Emergencias Sociales del Departamento de la Familia, al 787-749-1333 (Área Metro) o al 1-800-981-8333 (libre de cargos).

Oficina de la Procuradora para Personas de Edad Avanzada, llamando al 787-721-6121.

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One thought on “Por nuestros viejos

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